Miguel Medina Benítez

Relatos e ideas sobre storytelling

Tempestad

“¡Stop!”, gritó Mario con aire vencedor. Había vuelto a terminar de primero en la ronda de la letra F y se disponía a contar sus puntos con una sonrisita de suficiencia. La abuela miró a Óscar y vio en su rostro infantil el rojo encendido de la frustración. Aunque Mario nunca lo dejara ganar, era Óscar quien insistía en jugar al Stop casi a diario. Deseaba ganarle por primera vez, alguna vez, a su hermano tres años mayor, pero aún no conocía tantas palabras como para poder rellenar todas las categorías ni era lo bastante rápido con la mano.

De pronto, retumbó un trueno. Se había sentido tan cerca, tan dentro, como el crujido de un hueso al romperse. Los niños no le temían a los truenos y siguieron haciendo sus cuentas. La abuela levantó la mirada y vio las nubes oscuras a través de la ventana.

–Se va a caer el cielo –dijo. Y luego, como si nada, se levantó del sofá– Mario, cuenta por mí. ¿Quieren galletas?

“¡Síii!”, gritaron los niños al unísono. La abuela se dirigió a la cocina. En ese mismo instante, se abrió la puerta de una de las habitaciones y salió Raquel, apurada y lista para salir. Colocó su cartera encima de la mesa y la revolvió, buscando algo o terminando de guardar lo que tenía que llevar en ella.

Mario levantó la mirada y la vio detenidamente: cabello arreglado, maquillaje, vestido ajustado con falda por encima de las rodillas, tacones altos… No dijo nada y siguió contando. Óscar, en cambio, saltó de su silla y corrió hacia ella.

–¡Mami, juega con nosotros!

–Tengo que salir, mi amor –respondió Raquel y le acarició el cabello con dulzura.

La abuela salió de la cocina con un plato en las manos. El olor dulce y algo especiado no dejaba dudas: la abuela había horneado sus deliciosas galletas de avena, como solo ella las sabía hacer.

–Querer y “tener que” son cosas distintas –dijo secamente e intercambió una mirada de confrontación con Raquel. Esto también lo notó Mario. Óscar era pequeño aún para darse cuenta e insistió:

–¡Anda, porfa! Solo una. Si juegas conmigo, le podemos ganar a Mario.

Raquel miró a Mario con reproche: “¡Mario!”, dijo alargando las vocales. El niño entendió lo que quería decirle su mamá con esa simple exclamación, pero se encogió de hombros. No estaba dispuesto a dejarse ganar si no perdía en buena ley.

–¡Juega con él, chica! –reprochó la abuela–. Además, está lloviendo.

–¿Qué? –se inquietó Raquel.

–Asómate a la ventana –respondió con sencillez y colocó el plato con galletas en la mesa, entre los cuadernos con los cuales jugaban. Mario se apresuró a coger no una, sino dos galletas.

Raquel caminó hacia la ventana, pero no le dio tiempo a llegar. En ese momento, el rumor de la lluvia se convirtió en un rugido. El cielo, en efecto, se estaba cayendo y así lo sintió ella. A Óscar, en cambio, el sonido de la lluvia siempre le había encantado. Lo arrullaba el golpeteo de los goterones contra las hojas de los árboles, el frescor del aire mojado y, luego, cuando acabara, dormiría con el canto de las ranas que parecían cobrar vida gracias a la tempestad.

Raquel se quedó inmóvil: en su cabeza se libraba una batalla. ¿Iba a salir así, a pesar de todo? Aquella lluvia no respetaba paraguas y destruía tacones. Óscar, ya con una galleta en la boca, la jaló por una muñeca y la ayudó a decidir.

–Ahora te tienes que esperar. ¡Ven! –y la arrastró hacia la mesa.

Bien, esperaría un poco. Los niños se merecían un rato de juegos con su mamá. Aunque por otra parte, él…

Mario pareció animarse y habló muy rápido y muy engreído, como comentarista deportivo.

–Ok, van cuatro rondas y yo voy arriba, ¡obvio! Campeón indiscutible con 250 puntos, seguido por la abuela con 200 y de último, pero muy, muy atrás, el enano Óscar con solo 140 tontos y pobres puntos –lo decía todo mirando a Óscar con una sonrisa de oreja a oreja. Su hermano lo miraba furioso.

“¡Mario!”, reprocharon a la vez Raquel y la abuela con ese tono tan suyo y con el cual su simple nombre se convertía en una amenaza.

–¿Ves, ves? –dijo Óscar, mirando a su mamá suplicante– ¿Juegas conmigo, mami?

Raquel asintió y le dirigió una sonrisa. Se sentaron muy juntos y ella preguntó qué letra tocaba. A Mario le correspondía el turno y dijo la H, una difícil. La partida comenzó. Raquel le dictaba a Óscar las palabras. Nombre por la H… “Hugo”. La abuela la miró con dureza y Raquel evadió su mirada. País por la H… “Holanda”.

Durante la ronda, Raquel se distrajo alguna vez, mirando hacia la ventana con preocupación. La tempestad no amainaba. No quería llegar tarde a su cita. Sabía que no debería ir. Su madre no lo aprobaba, ¿y cómo hacerlo? Aquel hombre era casado. Pero eso no era lo que más le molestaba, no. Lo peor es que todo era siempre en sus términos. Así que había visto muchas veces a su hija llorar cuando Hugo le decía que no podían verse más, que estaba mal, que lo olvidara para siempre. Y la ayudaba a esconder su tristeza de los niños. Pero nunca era para siempre. Invariablemente, él encontraba el momento y la forma para que pudieran verse una, dos, tres veces más. 

Raquel no podía resistirse. Tratándose de él, ella no tenía voluntad. Una llamada suya podía sacarla de debajo de la tierra, arrastrarla como un imán a una cuchara. Además, se sentía sola. Deberían bastarle sus niños, deberían llenar todo su tiempo y brindarle toda su felicidad. Pero una mujer era también… mujer.

“¡Mami!”, Óscar la sacó de sus pensamientos. Raquel se espabiló. Animal por la H… “Hormiga”. Óscar logró escribir la palabra apurado y con su caligrafía imperfecta, justo antes de que Mario gritara stop.

Se hicieron los cálculos y se anunciaron los resultados. Los niños habían empatado la ronda con 60 puntos. A Óscar le brillaron los ojos, pensaba que podía remontar la partida: “¿Otra más, mami?”, preguntó.

Raquel miró hacia la ventana. Un nuevo trueno hizo eco en ella. La abuela pudo ver en su rostro otra tormenta. “¿Sí?”, insistió Óscar.

–Claro que sí, mi amor –respondió ella con una sonrisa, aunque había nubarrones en sus ojos.

La partida se fue animando. Aunque fueran rivales en el juego, hacía mucho tiempo que la abuela, Mario y el equipo de Óscar y Raquel no se habían sentido tan unidos. Era como si cada uno fuera una letra necesaria para formar una palabra completa.

Así, llegaron a la ronda de la E, la N, la S… Y la tarde empezó a caer. La abuela notó que Raquel se había relajado y aunque la tempestad empezaba a amainar, ella de pronto se quitó los tacones, y luego los zarcillos, que colocó sobre la mesa con el mismo movimiento con que agarró la última galleta del plato.

–¿Una más? –preguntó Raquel–. Me toca a mí decir la letra.

No iban a alcanzar a Mario, pero podían intentarlo hasta que se acabara el abecedario.

Miguel Medina Benítez.

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