Lluvia de estrellas

Era una tarde tibia de verano. Una brisa suave mecía las copas de los árboles que podía ver desde mi ventana en el establo. El sol estaba a punto de ocultarse y la luz menguante pintaba el cielo de un color púrpura con destellos naranja. La atmósfera era muy serena y mis compañeros se encontraban quietos, de pie todavía, pero la mayoría ya empezaba a cerrar los ojos y a cabecear, vencidos por el cansancio de la jornada.

¡Qué jornada! Habíamos estado entrenando todo el día, cada uno en su disciplina. Sudorosos en el calor de la estación, impetuosos en cada movimiento. Sabíamos que se acercaba una competencia importante y el orgullo nos espoleaba. Aquí somos un club de campeones.

Yo, en particular, entreno para el salto de obstáculos. Todos dicen que tengo las condiciones ideales de estatura, flexibilidad y músculo, pero lo más importante es la mentalidad. Tengo un temperamento decidido y a la vez disciplinado. Mi jinete y yo tenemos una gran conexión. Él anticipa cada salto, me guía con las bridas, o con su cuerpo y su voz, y yo reacciono en fracciones de segundos. Juntos logramos movimientos perfectos, impecables, artísticos.

Así que, después de un gran entrenamiento, aquí estaba yo. Debía descansar para estar a tope al día siguiente, pero a pesar de la fatiga, no tenía sueño esta noche. Como ya todos estaban en silencio, yo solo miraba afuera a través de mi ventana. Y entonces, la vi…

Una estrella cruzó el cielo rápidamente, dejando tras de sí una cola de luz brillante, y desapareció. ¿Qué era aquello? Nunca había visto una estrella moverse y era lo más bello que había visto jamás. Entonces, me surgió una idea. Si las estrellas, que siempre habían brillado en la misma posición, podían moverse y volar sin límites a través del cielo: ¿a dónde iban?

Temí por un momento haber perdido para siempre la oportunidad de averiguarlo. La estrella con cola se había alejado y desapareció de mi vista, como si se hubiera apagado. Pero de pronto, en otro punto del cielo, apareció otra ¡y otra más! ¿Qué estaba pasando? ¿A dónde iban aquellas estrellas?

No sé qué se me metió. Ya he dicho que soy disciplinado y que el entrenamiento es lo más importante en mi mundo. Pero en aquel momento, algo nuevo se apoderó de mí. Quería correr detrás de esas estrellas, averiguar a dónde se dirigían con tanta prisa. Así que, sin pensarlo, empecé a darle coces a la puerta de mi box. La puerta de madera hizo un gran estruendo, pero no se cayó a la primera. Mis compañeros de establo se agitaron, hubo quejas y relinchos, pero no me detuve. Dos, tres… A la tercera coz la puerta salió disparada y quedé libre. Apresuradamente y con la torpeza de mi corazón excitado, dándome golpes contra las otras puertas de la caballeriza, salí y me eché a correr.

No sé qué se me metió. Ya he dicho que soy disciplinado y que el entrenamiento es lo más importante en mi mundo. Pero en aquel momento, algo nuevo se apoderó de mí.

¡Vaya! Me faltan palabras para describir lo que sentí. Corriendo a todo galope, yo solo por una vez, sin nadie que me guiara. Tenía la vista apuntada al cielo oscuro, donde las estrellas con cola seguían apareciendo sin cesar. Una tras otra, se encendían como un fogonazo, corrían por el cielo y luego se escondían. Parecían guiarme hacia algo, ¿pero qué? 

El aire tibio de la noche acariciaba todo mi cuerpo. Mis crines flotaban al viento. Mis cascos hacían su sonido hueco sobre el prado, pero esta vez mis patas no llevaban aquel ritmo planificado y perfecto del entrenamiento y las competencias, sino uno frenético y salvaje. Corría sin parar y sin rumbo, pero me sentía pleno.

Con el fondo de mis sentidos alcancé a ver luces y a escuchar ruido en la casa club. Seguramente mi estampida había alertado a los jinetes.

No paré, seguí corriendo a través del prado, en persecución de las estrellas juguetonas. Algunas volaban en direcciones distintas y yo las perseguía a todas hasta donde podía. Tengo que reconocer que las estrellas con cola son mucho más rápidas que yo. Debía parecer un potro que se había vuelto loco, corriendo en todas direcciones, con la vista hacia el cielo y el corazón estallando.

Así, sin darme cuenta, las estrellas me guiaron hasta el borde del bosque y solo entonces me detuve. Aquel era territorio inexplorado para mí. ¿Qué debía hacer? Miré de nuevo al cielo para consultar con mis amigas, pero en ese momento, la última de las estrellas se apagó. Miré en todas direcciones, pero no apareció ni una más. Tuve un instante de tristeza, pero luego sentí mi respiración agitada, mis músculos hinchados de sangre, y entendí que nunca me había sentido tan libre.

Pero mi corazón dio un vuelco de pronto. Escuché un galope lejano y la voz de mi jinete que me llamaba. En su voz, se sentía una gran preocupación. Sin mí, él ya no tendría con quien saltar. Sin él, yo no tendría quien me cuidara. En verdad, debía haberme vuelto loco. En otro momento, habría corrido a su encuentro, pero hoy, tenía dudas. El bosque desconocido me llamaba, me ofrecía más aventuras como la de esta noche.

Mi jinete volvió a llamarme. Miré en dirección de la casa club y miré luego en dirección del bosque. ¿A dónde debía ir ahora? ¿Qué harían las estrellas?

Miguel Medina Benítez.

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