Miguel Medina Benítez

Relatos e ideas sobre storytelling

ilustracion payaso triste

Narices rojas

Cuando me miraron por primera vez, lo sentí de inmediato: yo no era bienvenido. Debajo de sus maquillajes con sonrisas exageradas y sus trajes de colores, aquellos cuatro parecían una mafia y no les hacía ninguna gracia compartir el escenario conmigo. Sonrisitas me miró de arriba abajo en silencio, Abracitos ni siquiera me tendió la mano, Cosquillitas bostezó y Palmaditas escupió la colilla de su cigarro cerca de mí.

Durante tres temporadas, aquel cuarteto había hecho reír a los niños –y facturar en grande al circo–, pero la magia empezaba a desvanecerse: sillas vacías, menos entradas vendidas… ¡Había que hacer algo! Y por eso estaba yo allí: el dueño del circo me vendió como sangre fresca, una renovación.

“Gruñiditos”, me presenté. Yo era un estudiante de teatro y amaba las tragedias, pero mi cuenta bancaria ya daba para echarse a llorar, así que llegué allí de alguna forma y el dueño del circo vio algo en mí que ni yo mismo adivino. A diferencia de mis nuevos compañeros, que usaban trajes multicolores de varias piezas con corbatas gigantes y sombreros enanos, además de sus pelucas chillonas y maquillajes graciosos; yo llevaba un simple traje de dos piezas, estampado a rombos blancos y negros, y tenía toda la cara pintada de blanco, con una boca triste dibujada en negro y una lágrima también negra en el ojo izquierdo. El único punto en común entre ellos y yo eran nuestras narices rojas.

Durante el primer show, cada uno de los cuatro tuvo su momento. Era increíble ver cómo aquellos tipos rudos se transformaban apenas pisar el escenario. Adquirían otra energía, otra voz, otra forma de moverse. Torpes, graciosos, en una palabra: eran personajes adorables. Ofrecían a los niños lo que siempre les habían dado: malabares, trucos de magia, historias de hadas y unicornios. Y su público los amaba: se partían de la risa, aplaudían e incluso por momentos se ponían en tensión, con todo su cuerpecito rígido al final de un truco… y luego saltaban y gritaban eufóricos cuando Sonrisitas, Abracitos, Cosquillitas y Palmaditas triunfaban.

Eso era lo de ellos, pura magia y emociones optimistas.

Y luego entré yo, Gruñiditos, el bicho raro. Yo quería ofrecerles a los niños otras sensaciones o darles algo en qué pensar. ¡Que la vida no son solo arcoiris y fuegos artificiales! Así que para mi primera presentación, escogí un tema muy importante: la caries… Salí a escena cargando una gran muela blanca de utilería que había hecho con goma espuma y una lata de pintura negra en spray. Sonrisitas, Abracitos, Cosquillitas y Palmaditas me siguieron con la vista desde el backstage. Alguno de ellos tragó grueso y el sudor de otro pareció traspasar el maquillaje. “Este idiota nos va a matar el show”, debieron pensar.

Cientos de ojos se posaron en mí. La música empezó a sonar y, mientras iba pintando una caries que se devoraba la muela de goma, comencé a cantar:

¡Adiós, muelita!

Hoy es la última vez que nos vemos…

No quiero parecer una abuelita,

¡será mejor que nos cepillemos!

Al terminar, hubo un silencio rotundo. Los niños pasaban su mirada de mí a sus padres, nadie sabía lo que acababa de ver ni cómo reaccionar. Alcancé a escuchar una risita burlona de uno de mis compañeros. Pero luego del show, sucedió algo inesperado. Fuera de la carpa, tenía lugar la acostumbrada sesión de selfies con los payasos. Era la parte que más disfrutaban los cuatro, porque era un medidor de la popularidad de cada uno o de cuán bien había ido su show. Yo pensé que iba a pasar como invisible, pero cuando aparecí, los niños corrieron en tropel hacia mí y hacían fila para tomarse una foto conmigo. Al parecer, lo “raro” también tenía su público. Y mucho.

Tras mi primer éxito, vinieron más. “Ser malo no mola”, dedicado al bullying. “Mis dos casas”, un hit sobre padres divorciados. O “Mejor sin ti”, sobre las mascotas abandonadas… Me convertí en una sensación. Los niños estaban como hechizados por mis letras trágicas. Solo puedo explicarlo como comer picante por primera vez. Lastima un poco, pero se siente como algo nuevo y de pronto quieres más y más. 

¡Mi imaginación volaba! Si los niños estaban escuchando mis canciones y podía hacerles pensar en temas difíciles, quizás estaba haciendo mi aporte al mundo. Siempre he pensado que si podemos ver los problemas de otros, quizás seremos parte de la solución. Pero, por supuesto, la pandilla no estaba feliz. Ellos ganaban manteniendo a los niños en una burbuja, cegándolos con conejos en sombreros y flores que escupen agua. A medida que me hacía más popular, comenzaron a hacerme la vida difícil: nadie me dirigía la palabra, mi utilería se perdía, sucedían “accidentes” durante mis presentaciones. Por el momento, nada conseguía afectarme, pero bien dicen que quien ríe de último…

Un viernes por la tarde salí a mi show como siempre. Era el horario más concurrido del circo. Yo estaba cantando una canción sobre despegarse de las pantallas, o algo así, cuando de pronto, fingiendo movimientos torpes, Sonrisitas entró al escenario, empuñando un garrote inflable. Yo lo vi con sorpresa –los cuatro nunca habían querido participar en mis números— y traté de continuar. Pero luego también entró Abracitos, guiñando un ojo al público y portando una enorme mano de goma. Y después Cosquillitas y Palmaditas, poniéndose un dedo sobre la boca en señal de “secreto” y trayendo una espada inflable y una almohada con su funda. Yo seguía cantando, pero ellos se iban acercando a mí con sus movimientos graciosos, hasta que Sonrisitas soltó que “por qué cantaba esa canción tan aburrida” y “Abracitos” lo secundó con un “mejor juega con nosotros”.

¡Y vino el pandemónium! Alguno soltó el primer golpe con su arma de goma y yo paré para quejarme. Otro se mofó de mí y volvió a pegarme. Y para mi horror, algunos de los niños en el público empezaron a reírse. Yo trataba de defenderme, pero ellos lanzaron una lluvia de garrotazos, espadazos y almohadazos sobre mí. Sonaron carcajadas. Habían conseguido la forma de vencerme finalmente: me había convertido en el Pierrot quejoso del cual es divertido burlarse. Y, lentamente, los niños cayeron en su juego. Dejaron de pensar en todas las bonitas –y tristes– reflexiones que yo les traía y se redujeron nuevamente a lo primitivo: risas crueles.

Conservo la imagen de estar siendo apaleado por objetos que no dolían y la sensación de volverme más pequeño a cada segundo, como un ratón asediado por los leones del circo. Pero tuve un momento de lucidez. Entonces arranqué la nariz roja de mi cara, la arrojé al suelo, la pisé con furia y salí del escenario. Cuando me iba, logré escuchar un “¡ay, parece que se enojó!” y un último rumor de risas.

Miguel Medina Benítez.

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