Antes de ti, hubo un tiempo en que el otro lado de mi cama estaba deshabitado. Boca abajo, con la cara apoyada sobre las manos, mis ojos sobrevolaban el desierto de sábanas. Kilómetros y kilómetros de dunas hasta donde se perdía la vista, un laberinto árido de subidas y bajadas profundas. No podía imaginar que algún aventurero lograría jamás atravesar esa llanura. Pero uno lo hizo. Lo encontré en el otro lado de mi cama sonriente, con el pecho hinchado de orgullo por haber conquistado un territorio, como quien llega a un nuevo continente después de una travesía que parecía imposible. Me hizo compañía poco tiempo, mientras reconocía el terreno y recogía notas y cálculos, para documentar a dónde había llegado, cuál era el camino hasta allí y qué había aprendido en el trayecto. Con él tuve noticias del mundo por primera vez, así que me sentí feliz por la visita.
Luego de su paso, el otro lado de la cama empezó a sufrir los más variados cambios. Con la llegada de nuevos forasteros, me pareció que el espacio se agrandaba o se encogía, según estuviera lleno o vacío, porque ya se sabe que todo es cuestión de percepción.
Conocí una vez a un domador de leones, que para ejecutar su espectáculo de la manera correcta, necesitaba ocupar, no solo uno, sino los dos lados de la cama en una coreografía perfecta con aros de fuego, piruetas y música, que de verdad era digna de aplausos. Conocí también a un mimo, que prácticamente se escabullía en el otro lado de mi cama, sorprendiéndome con sus ojos grandes como lunas clavados en mí, que no lo había sentido llegar. Ese solo se quedaba por ratos y luego desaparecía en silencio tal como había llegado. Conocí a un marinero, que tenía su propio lado de la cama en otra zona horaria y en esta no conseguía dormir. Y conocí, incluso, a un fabricante de camas, que me dijo que la mía estaba mal hecha y que él prefería las camas con el diseño correcto.
Entre esos personajes, todavía no estabas tú…
A veces, el otro lado de la cama tenía espacio para una fiesta completa llena de gente, y yo pensaba que eso era la felicidad, aunque quedaba poco espacio para mí allí dentro. Y a veces, todos los visitantes parecían haberse ido lejos y el otro lado de la cama se sentía como un pueblo fantasma, de nuevo grande y solo, con el viento aullando y lleno de telarañas.
Entonces empecé a pensar que debía tener un plan para el otro lado de mi cama. Por un tiempo, había estado bien dejar pasar por aquel territorio a cualquier visitante eventual. Pero a partir de ahora, ese espacio debía tener alguna planificación urbana, una hoja de ruta, unos lineamientos de desarrollo, para poder sacar todo su potencial. Aunque una cosa son los planes en papel y otra, distinta, la realidad.
Después de acondicionar y decorar el otro lado de mi cama, que para ese momento ya iba teniendo unas dimensiones más modestas, lo puse en exhibición. El primer inquilino no funcionó. Me había dado buena impresión de entrada, pero apenas tomó confianza empezó a robarme la cobija y a comer sobre la cama. Como se me hacía tan desagradable la situación, yo empecé a correrme un centímetro cada noche hacia mi lado y el inquilino comenzó a avanzar ese centímetro ganado, arrinconándome poco a poco hacia el borde. Entonces, comprendí que si no me rebelaba, terminaría echándome de mi propia cama y, al día siguiente, lo boté con sus cosas a la calle.
Un poco después, volví a poner el otro lado de mi cama en alquiler. El segundo inquilino era perfecto. Encajaba sin problemas en el otro lado de la cama y me gustaba su compañía. Si saltaba sobre la cama o desordenaba las sábanas, luego volvía a arreglarlo todo. Nos reíamos mucho y hasta le dejaba invadir un poco mi espacio con gusto. Creía que no podía haber mejor compañero, pero resultó que él no pensaba lo mismo de mí y un día simplemente se mudó.
Después de eso, me di por vencido. Decidí que lo mejor era que el otro lado de la cama permaneciera vacío. Pero recuerdo que, al acostarme, solía mirar el espacio desocupado y me daba la impresión de que se estaba haciendo grande de nuevo. Imaginaba que volvería a convertirse, poco a poco, en el desierto que había sido y yo quedaría aislado y, probablemente, empezaría a perder sentidos como la vista o el oído por falta de uso. Porque ya no habría nada que ver ni nadie con quien hablar. Entonces suspiraba, me daba media vuelta hacia mi lado y me colocaba de perfil con la cabeza sobre la almohada antes de quedarme dormido.
Y en eso andaba, cuando apareciste tú…
Llegaste un día de forma casual. Se suponía que iba a ser una estadía de solo una noche, pero al día siguiente seguías allí. Yo no quería compañía, ni tuya ni de nadie, pero pareciste estar muy cómodo en el otro lado de mi cama. Te gustaba el espacio y las sábanas. Al principio, yo te sentí como un intruso, así que me inventé formas para incomodarte y lograr que te fueras. Te di patadas de noche, fingí roncar para robarte el sueño y hasta dejé de lavar las sábanas.
Pero tú no reaccionaste como se suponía. Seguías allí. Y en lugar de espantarte, comenzaste a tomar iniciativas para mejorar la cama para los dos. Me mostraste una forma más óptima de doblar las sábanas por la mañana, aireaste el colchón y compraste almohadas. La cama, pues, se sintió como nueva.
Lo mejor de todo fueron los juegos que conocías: podíamos recorrer la cama descubriendo nuevas esquinas; imaginar que el espacio entero se convertía en el mar o en una selva, y tener aventuras en esos escenarios, e incluso me enseñaste que, por ratos, estaba bien ceder el lado de la cama acostumbrado hasta casi no recordar cuál orilla era la correcta para cada quien.
Un día me contaste por qué estabas tan a gusto en el otro lado de mi cama. Tú solo habías tenido una cama individual toda la vida y por eso, para ti, todo ahora era nuevo: te fascinaba la compañía. Yo pensé, otra vez, que todo era una cuestión de percepción. No habías tenido otros compañeros de lecho y, por eso, yo te parecía ideal. Pero si conocías otros y pudieras comparar, a lo mejor te irías. Sin embargo, seguías allí.
Por primera vez desde que recordaba, tuve tiempo suficiente para apreciar el otro lado de mi cama sin que estuviera vacío. Me pareció que se iba encogiendo hasta alcanzar las dimensiones adecuadas para ti. Justo antes de dormir –si tú ya te habías rendido al sueño– o al abrir los ojos –antes de que despertaras–, podía pasear la vista por el paisaje de valles y montañas que formaban tu cuerpo. Había espacios de pasto corto y suave, y otros con abundante vegetación. Cuevas y lagunas llenas de secretos. Un territorio vasto y riquísimo en variedad.
El estudio de tus rutinas de sueño me dio abundante información. Por ejemplo, que ya no logras quedarte dormido sin sentir cerca mi compañía. Que, en medio de la noche, a veces saltas, ríes o lloras y que, en esos momentos, siempre vuelves a ser un niño. O que tu cuerpo parece no creer en la idoneidad de tener lados de la cama separados, ya que, sin ser consciente, siempre un brazo o una pierna cruzan un poco la frontera hasta mi flanco.
Toda mi previa renuencia hacia ti se fue desvaneciendo y dio paso a un sentimiento de compromiso que solo existe entre compañeros de cama permanentes. Cada noche estamos juntos para cuidar el sueño del otro. Cada mañana alisamos las sábanas y extendemos las cobijas con movimientos coordinados y precisos. Y cada tarde nuestros juegos vuelven a desordenarlo todo, haciendo la línea entre los dos lados de la cama cada vez más borrosa para mí.
Llegado este punto, la cama misma, que había pasado por tantos cambios y mudanzas, sufrió su transformación definitiva. Ajustó su tamaño para que quepamos los dos, con un nivel de precisión que hasta aquel fabricante de camas tendría que reconocer como “perfecto”. Ya no es grande ni pequeña, es apenas suficiente para que nuestras dos manos se entrelacen a la hora de dormir.
Miguel Medina Benítez.

Deja una respuesta