Miguel Medina Benítez

Relatos e ideas sobre storytelling

Ilustración manos sosteniendo un corazon robotico

Cab Pal

El taxista juró que se vengaría. Siempre se había preciado de tener buen corazón y siempre el mundo se lo había pisoteado. Acababa de cumplir 50 años y le daba vértigo el ritmo al cual cambiaban las cosas. Solo quería estar tranquilo, sentirse seguro, pero en aquella época nunca había un instante de paz.

Avanzaba en el taxi con una pasajera y tuvo que tomar por una de las calles que desembocaban al centro para llegar al destino que ella le había indicado. “Mala idea”, pensó enseguida. De pronto se halló en un tapón, rodeado de un río imparable de gente que trataba de llegar a un mismo punto. Se agolparon alrededor del taxi con sus ropas estridentes, tratando de abrirse paso como fuera hacia la Gran Avenida, de donde provenían un barullo y una música también estridentes, que le recordó a las fanfarrias con que comenzaban las películas de antes. Pensó en disculparse con la pasajera, pero la chica se le adelantó: 

–¡Es aquí! –dijo emocionada y le pagó poniendo su brazo sobre el lector dérmico.

Luego abrió la puerta del taxi empujando a la gente, se bajó y, en un arrebato propio de su juventud, saltó sobre el capó del carro antes de mezclarse entre la multitud. El taxista pensó gritarle un insulto, pero en un segundo ya se había perdido. Y como no podía mover el taxi, lo apagó y se asomó a ver de qué se trataba eso que tanta gente ansiaba ver.

Habían instalado una enorme plataforma flotante en medio de la Gran Avenida, con miles de luces tan brillantes que eclipsaban todo lo que había alrededor. El hombre que siempre salía en las noticias estaba en medio de la plataforma presentando su nueva creación y la escena era reproducida en directo por una gigantesca pantalla de alta tecnología, para que nadie se perdiera un detalle. El lanzamiento era un grupo de diez humanoides a los que presentó como los Cab Pals. Eran altos y delgados, con un esqueleto de metal oscuro y un revestimiento a manera de músculos que parecía hecho de plástico blanco translúcido. La cara era plana, del mismo material, y en ella se dibujaban expresiones divertidas en colores neón, como una sonrisa, un guiño o una lágrima de vergüenza. Su función, dijo el hombre que siempre salía en las noticias, era ser los compañeros de los pasajeros en su flota de taxis inteligentes. En la etapa de prueba, enviarían un robot a cada una de las diez ciudades principales del país y uno, cómo no, estaría allí. A una señal suya, los diez humanoides levantaron un pulgar e hicieron un gesto adorable con sus caras luminosas y la multitud estalló en aplausos.

El taxista sintió cada palmada como una bofetada en su rostro. ¡Ese hombre, esa empresa, nunca se detendrían! Ya antes habían tratado de sustituir a los taxistas por carros autotripulados, pero la idea no funcionó porque los pasajeros se sentían ansiosos al no ver a nadie en el asiento del piloto, según dijeron las encuestas. Ahora volvían a la carga con estos humanoides. Nunca había un instante de paz.

Algo se rompió en el buen corazón del taxista ese día. Se sintió acorralado, en peligro, y por eso juró que se vengaría. Nunca había albergado un sentimiento tan fuerte como ese, pero extrañamente se sintió lleno de energía. El cuerpo le quemaba, pero eso no le molestaba. Lo movía un pensamiento: quería hacer daño.

Los días siguientes, se entregó a una cuidadosa rutina de acecho. Ubicó la unidad de los taxis inteligentes a la que había sido asignado el humanoide de su ciudad y comenzó a seguirlo. Fue un trabajo agotador. El Cab Pal no tenía horarios como los de un hombre o una mujer, pero notó que dos veces al día, su rival hacía una pausa, bajaba del carro y entraba por unos minutos a un edificio muy grande con una puerta muy pequeña, y pronto volvía a salir. El taxista se imaginó que la versión de prueba necesitaría algún ajuste o una carga o descarga de información que solo podía hacerse de forma física.

El día escogido, se tomó un café negro en un bar de la esquina, a pesar de ser de noche. La cafeína no lo dejaría dormir, pero en aquel momento la necesitaba en su torrente sanguíneo. Chequeó la hora en su antebrazo y fue a esconderse en el callejón donde el Cab Pal estacionaba el carro. El robot llegó a tiempo y siguió exactamente la misma secuencia de acciones que siempre repetía. El taxista corrió hacía él empuñando la pistola eléctrica. La víctima sintió el ruido y alcanzó a mirarlo con una expresión neón de desconcierto, antes de recibir la descarga.

El taxista se sorprendió del regocijo cruel que sentía. Ya tenía al humanoide neutralizado en el piso, su cara se había apagado y, sin embargo, él seguía aplicando descargas eléctricas: dos, tres, cuatro, cinco fueron tal vez. Solo por el placer de ver retorcerse el cuerpo artificial. Finalmente, guardó la pistola en el cinto, cogió al humanoide por las axilas y lo arrastró al fondo del callejón, donde había unos contenedores de basura que servirían como mampara.

El taxista estaba como en trance. Había traído todas las herramientas que tenía y se puso manos a la obra. Quería ver qué había dentro de aquella cosa que pronto haría a todos los taxistas prescindibles. Así que empezó a golpear, cortar y, finalmente, a destripar con sus propias manos el cuerpo del humanoide. Consiguió lo que esperaba: cables, circuitos y amortiguadores… Pero algo lo tomó por sorpresa. Por un capricho de sus creadores, seguramente, el motor autosustentable que le daba vida a la máquina, estaba diseñado exactamente como un corazón: grande, limpio y de color melón. Era hermoso. El taxista detuvo su carnicería y se quedó viéndolo fascinado: parecía un buen corazón. No pudo evitar el impulso de agarrarlo y, al tocarlo, lo manchó con la grasa que había cubierto sus manos. Soltó el corazón impresionado y entonces vio la escena completa: el cuerpo destrozado del Cab Pal, con piezas regadas alrededor y él mismo todo manchado. Imaginó que si el humanoide pudiera atacarlo –y seguramente podía–, él habría podido ser la víctima y el robot su victimario, solo que en lugar de negras, sus manchas hubieran sido rojas.

Se levantó alterado y tropezó con el pie el corazón que había tirado al piso. ¿Qué demonio se le había metido? Ahora su buen corazón humano también estaba manchado. Pensó que aquella hermosa máquina no se lo merecía, el humanoide realmente no le había hecho ningún daño. Y pensó que podía reparar su error. Si avisaba al taller, seguramente podrían reconstruirlo. Estaba allí, a solo unos pasos. Pero cuando empezó a correr hacia la pequeña puerta, algo se enredó alrededor de sus tobillos, se cerró y lo hizo caer de bruces. Eran grilletes mecánicos. El callejón se iluminó de pronto con fuertes luces blancas y escuchó una voz no humana que provenía del cielo.

–No intente huir. Está identificado –dijo la voz, con un eco metálico.

El taxista se tapó la cara con la mano, para distinguir entre la luz cegadora, y los vio: estaba rodeado por tres drones policía que volaban sobre él. Desde el edificio muy grande y desde la calle empezaron a llegarle otras voces. Ya venían por él.

Miguel Medina Benítez.

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