Miguel Medina Benítez

Relatos e ideas sobre storytelling

ilutracion pescador acostado en la playa

El mar cómplice

El cuerpo de Lorenzo apareció temprano la mañana del 9 de septiembre. El sol todavía estaba bajito en el horizonte y el mar tenía esa calma de las primeras horas, cuando parece susurrar a los que todavía duermen que ya es hora de ir espabilando. Mi mujer y yo estábamos desayunando antes de bajar a abrir el restaurante, cuando empezamos a escuchar como una algarabía, pero en vez de fiesta, se notaba que traía desgracia.

Lo encontraron flotando boca abajo, como casi todos los ahogados. Devuelto por la marea, después de haberlo buscado tanto el día anterior sin conseguirlo.

Cuando llegamos corriendo a la playa, Roxana lo tenía abrazado y estaban entre un gentío. Esa muchacha tan bonita lloraba con un llanto que rompía el alma por su Lorenzo. Arrodillada en la arena, le pasaba la mano por el pelo, una y otra vez, como tratando de limpiarlo o simplemente de acariciarlo, aunque él ya no sintiera nada. Sus lágrimas caían como lluvia sobre el rostro que antes siempre le sonreía y que ahora no tenía ninguna expresión. Y se aferraba con fuerza al cuerpo que apenas dos días antes había parecido de bronce, fuerte y curtido por el sol, y que ahora era una simple masa de carne blanda y verdosa.

-Se le ve como un golpe en la cabeza, ¿no? –me susurró Carmen, fijándose en un hundimiento en la frente de Lorenzo, en la raíz del pelo, rodeado de una zona de piel oscurecida. Yo asentí en silencio, ya lo había visto. Y seguro que otros también.

En ese momento, llegó Dimas, abriéndose paso entre la gente. Miró la escena y quedó tieso por un instante, pálido, como un niño cuando ha hecho un reguero sin querer y la mamá lo regaña. Yo lo miré y él a mí. Y entonces reaccionó:

-¡Carajo, qué desgracia! ¡Lorenzo! -dijo alzando la voz, como para hacerse notar por quien aún no lo hubiera visto- ¿Pero qué hacen ahí? Tenemos que llevarlo a su casa. ¡Muchachos, ayuden, por favor!

Varios pescadores jóvenes hicieron caso y acudieron a la llamada. Dimas se acercó para cargar a Lorenzo, pero Roxana lo rechazó con violencia.

-¡Tú no lo toques! -rugió. La gente se miró entre sí y murmuraron. Dimas no insistió y se apartó un poco, pero no se fue. Roxana le habló a los demás- Ayúdenme ustedes, por favor.

Los pescadores miraron a su jefe buscando permiso, Dimas asintió con la cabeza y seis muchachos se pusieron a la tarea. Levantaron a Lorenzo con cuidado y empezaron a llevarlo. Más de una mujer se persignó por la impresión del cuerpo descolorido llevado por los otros: “¡Jesucristo!”. A Roxana la abrazaron algunas y la ayudaron a caminar detrás del cortejo improvisado. Y la escuché pedirle a alguien que llamara al padre Tomás para que fuera a su casa. Quería que le echara la bendición a Lorenzo, aunque fuera ahora… Dimas siguió otro camino.

La noticia se regó por el pueblo como arena levantada por un ventarrón: Lorenzo muerto… Nadie se imaginaba a un muchacho como Lorenzo muerto. Lorenzo era vida, era alegría. Había llegado a la isla dos años antes y en menos de dos semanas, calculo yo, todo el mundo lo conocía. Trigueño, delgado, de cabello negro alborotado como el mar cuando juega con los barcos y con una sonrisa grande, blanquita y sincera, Lorenzo era de los que saludan a todo el mundo por su nombre; de los que se toman una cerveza para celebrar contigo o para acompañarte cuando no hay nada que celebrar; de los que foman parte de la historia de cualquiera que se cruza con ellos. Hay gente así y Lorenzo era uno.

Llegó con lo que tenía encima y, como todos, empezó a trabajar a las órdenes de Dimas. En un año aprendió todo lo que había que aprender, y más. Lorenzo echa las redes, y Lorenzo las echaba. Lorenzo pesa la producción, y Lorenzo la pesaba. Lorenzo organiza a los muchachos, y Lorenzo los organizaba. Había llegado a ser el hombre de más confianza de Dimas, y algo vio que no le gustó…

En ese año, se había puesto dos metas, él mismo me lo contó y yo lo vi lograrlas. La primera fue casarse con Roxana. La había visto por primera vez en la iglesia. Roxana era de las muchachas que ayudaban al padre Tomás con el cuidado de la imagen de la Virgen. La limpiaban, pulían su corona, le cambiaban los vestidos estampados con flores en épocas de fiesta y la patrona parecía bendecirlas a cambio. Como una madre amorosa, posaba su mano en sus cabezas para darles buen juicio y besaba sus mejillas para ponerlas buenamozas. 

Lorenzo la conquistó a punta de detalles y de sonrisas. Se enfocó en ella, solo en ella, como si las demás muchachas hubieran desaparecido del pueblo y como si, por arte de magia, él pudiera anticiparse a todos los deseos del corazón de ella y pudiera manifestarse en todos los lugares a donde ella iba. 

La segunda meta tenía que ver con la primera. Para merecerse a Roxana, Lorenzo quería ser independiente. Entonces ahorró y ahorró, hasta que pudo comprarse su propio peñero. Era un botecito destartalado que le pagó a un viejo que ya no lo usaba, pero lo importante era que servía. Y con una mano de pintura y algún remiendo, quedó listo.

El peñero, o su decisión de no ser más empleado de Dimas, en verdad, creó un abismo entre ellos. Uno y otro pasaban por mi restaurante, evitándose, y comentaban sus motivos y rencores con sus amigos cercanos. Yo los oía:

-¡Malagradecido y aprovechado! -decía Dimas un día- Llegó aquí haciéndose el pendejo, aprendió todo de mí y ahora me da la puñalada por la espalda.

-Dimas se queda con plata de todos, muchachos, ¡abran los ojos! -aseguraba Lorenzo otro día- Dice que solo a él le compran el pescado de la isla. ¿Con quien tiene ese trato? ¿Ustedes nunca se preguntan por qué él tiene la casa más bonita de la isla, el bote más grande, y todos los demás seguimos igual?

-¿Que yo los robo? -se enfurecía Dimas-. ¡Si lo que he hecho es cuidarlos a todos! ¡Ahora que vea a quién le vende su pescado el carajito ese! ¡O que se lo trague!

-Yo sí voy a encontrar quién me compre mi producción -se animaba Lorenzo-. ¡Y ya verán, estoy seguro que me dan mejor precio!

Carmen y yo abrimos el restaurante tarde el día que Lorenzo apareció ahogado, y la gente tardó todavía más en llegar. “El carite” era una casa grande que habíamos adaptado para que la planta baja funcionara como cocina y salón con sus mesas, y la planta alta nos sirviera para vivir. Como quedaba justo frente al muelle de pescadores y Carmen cocinaba tan bueno, los muchachos pasaban siempre a desayunar o almorzar, y en las noches era un sitio de reunión de todo el pueblo, para echarse unos tragos o un bailecito.

Pero ese día, la tragedia de Lorenzo había alterado nuestra rutina y todo el mundo andaba demasiado distraído o triste como para poner la cabeza en las cosas que tenía que hacer. Carmen quemó el arroz y los clientes, normalmente de buen apetito, dejaban medio plato sin comer o se les enfriaba la sopa con la cuchara en la mano. Todos nos preguntábamos cómo pasó, o por qué, o qué hubiéramos podido hacer por Lorenzo. Pero la verdad es que ya era tarde. Así que, a lo mejor, lo que sentíamos era culpa o rabia.

bar en playa con dos vasos

Desde que Lorenzo se separó de Dimas, su vida se volvió muy difícil. Lorenzo era como un pez separado de su cardumen, débil y desorientado. Dimas había construido una red de relaciones e influencia en el pueblo desde antes de que Lorenzo hubiera ni siquiera nacido. Era compadre del alcalde, benefactor del colegio y de la iglesia, socio de los compradores de pescado en El Valle y casi todo el pueblo lo veía como un patrón o un padrino. Así que el pobre Lorenzo tenía que ir a vender su pescado más lejos, se veía enredado en marañas legales y hasta hubiera sido mal visto por la iglesia si no se hubiera casado con la santa de Roxana.

Dimas, incluso, se creía bendecido por la mismísima Virgen y se encargaba muy bien de vender esa superstición al que quisiera escucharla. Hacía unos años, un 8 de septiembre, el día de las fiestas de la patrona, salió solo al mar, sin su tripulación habitual, y según él, echó las redes y ocurrió un milagro: ese día, sacó tanto pescado como normalmente hacían en toda una semana de trabajo y regresó a la isla con lágrimas en los ojos, contando que la Virgen “le había hecho un regalo”. Más impresionante aún, el milagro se repetía año tras año. Cada 8 de septiembre, Dimas insistía en salir solo al mar y siempre regresaba cargado de una producción inmensa, parte de la cual repartía gratuitamente al pueblo durante las fiestas de Nuestra Señora.

Esa leyenda fue el principio de la perdición de Lorenzo. El muchacho estaba convencido de que Dimas mentía y de que usaba a la patrona para hacerse ver como un ungido. ¿Pero cómo se explicaban las redes a reventar de pescado cada año en el barco de Dimas? “¡Yo qué sé! Debe tener un sitio que solo él conoce, o si no, le compra a los pescadores en otra parte y se aparece aquí con el cuento del milagro”, decía Lorenzo. Y se propuso descubrir ese año el secreto de Dimas. Pero, a lo mejor, habló de más sobre sus intenciones o se las contó a quien no debía.

A mi edad y como el restaurante da tanto trabajo, duermo poco la verdad. A veces me desvelo pensando en algo que hemos olvidado comprar o me despierto inquieto porque hay que arrancar temprano a prepararlo todo cuando es día de fiesta. Así fue ese año en el día de la Virgen. Abrí los ojos de par en par a las cuatro de la mañana y sentí que la cabeza se me había despertado incluso desde antes. Salí al porche a fumarme un cigarro antes de despertar a Carmen y me di un susto cuando de pronto me topé con Lorenzo, medio escondido entre las sombras.

-¡Muchacho, casi me matas! ¿Qué haces ahí? -le pregunté.

-Voy saliendo ya para el mar, Evaristo -me dijo. Pero le noté una cara que no era la suya normal, muy serio. Y vi que vigilaba el muelle. Al fijarme, noté que había luces en el bote de Dimas y que se encendieron los motores. Miré también hacia el cielo: estaba todo cerrado de nubes y no se veía la luna.

-Parece que viene tormenta. Cuídate -le aconsejé.

Lorenzo me dio una palmada con fuerza en el hombro y me sonrió:

-Yo siempre me cuido, viejo. Además, llevo a la virgencita conmigo -dijo y besó un escapulario de la patrona que llevaba en el cuello.

Se fue caminando hacia su peñero y esa fue la última vez que lo escuché y que lo vi sonreír. Sonó un trueno y empezó un aguacero fuerte que cayó por horas. 

Esa mañana el pueblo era un hervidero. Había gente corriendo con los preparativos para la fiesta de la Virgen y las esposas de los pescadores los ayudaban a decorar los peñeros en los que sacarían a Nuestra Señora en procesión por el mar, como se hacía cada año para que bendijera el trabajo y al pueblo. Además, los muchachos esperaban con expectativa ver el barco de Dimas aparecer cargado de pescado.

Cuando finalmente apareció, ya había dejado de llover y el cielo estaba limpio. Pero todos notaron que el bote venía vacío: Dimas no traía ni un solo pez y se veía fuera de sí, entre molesto y desconcentrado. Los pescadores lo interrogaron, ¿qué había pasado con el milagro? “¡Que nadie me hable! ¡No estoy para pendejadas ahorita!”, les gritó. Todos lo atribuyeron a la decepción por la pesca.

Más tarde, casi al mediodía, Roxana se apareció por el restaurante preguntando si habíamos visto a Lorenzo. Carmen se sorprendió de que ella no estuviera en la iglesia ayudando a preparar a la Virgen en su día. Pero Roxana se veía preocupada y se notaba que andaba preguntando por Lorenzo en todos lados, porque “a esta hora ya suele estar de vuelta cuando sale a pescar tan temprano”. Yo le conté lo que había visto y hablado con él esa madrugada y Roxana casi se desmayó. Carmen le preparó un guarapo con papelón para que se tranquilizara.

La fiesta de la Virgen se transformó en un operativo de rastreo en el mar. La procesión se quedó en tierra, mientras que docenas de peñeros decorados recorrieron las costas de la isla en busca de Lorenzo. No hubo suerte ese día.

El 9 de septiembre por la noche, Dimas se apareció por el restaurante. Todo el mundo hablaba de Lorenzo, claro, y Dimas también lamentó la desgracia en un muchacho tan joven, “a pesar de los malentendidos que tuvimos”. Alguien fue más allá y le preguntó cómo se explicaba que un pescador experto se ahogara. “Por la tormenta”, justificó Dimas. Pero otros dijeron que no parecía probable y menos en un buen nadador como Lorenzo. Dimas, un poco exaltado, estalló:

-¡A lo mejor fue un castigo! -dijo y todo el mundo se calló-. Me han contado que Lorenzo no creía en el regalo que la virgencita me ha hecho tantas veces y que esa mañana se quería ir detrás de mí. ¿Qué derecho tenía él a dudar de los asuntos de nuestra madre? A lo mejor la Virgen lo castigó.

En ese momento, un vaso se estrelló en la pared, un poco por encima de la cabeza de Dimas. Todos los ojos voltearon a ver quién lo había lanzado:

-¡No metas a la patrona en tus cosas, Dimas! -dijo Carmen, mi mujer, con lágrimas de rabia en los ojos- La virgen siempre da, nunca quita. Y para un muchacho como Lorenzo solo tendría regalos. ¡No te pases de la raya!

Dimas bajó la mirada, se levantó y salió del restaurante con paso lento. Las palabras de Carmen se habían sentido, más que una acusación, como una afirmación de lo que muchos pensábamos ese día.

Aunque ya he contado todo lo que sé, siempre me preguntó qué habrá pasado exactamente con Lorenzo esa mañana. ¿Se encontró con Dimas? ¿Hubo una pelea o Dimas lo llevó a una trampa? ¿Lorenzo pudo defenderse? ¿O realmente fue la tormenta la que se lo tragó? Dimas nunca lo dirá, no hubo testigos… solo el mar es su cómplice.

Miguel Medina Benítez.

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